miércoles, marzo 13, 2013

EL DIARIO DE UNOS AJENOS, por CALA

—————————————-
Siempre se daban besos largos, pese al tiempo que llevaban, se tocaban sin cansarse dentro de todo el día, inventaban palabras para entenderse mejor, se juraban adentro, se tenían adentro. Ella pensaba en él y se tocaba, no había duda no solo la calentura era lo que los unía, era el amor, ese que uno modifica para hacer un original y presentárselo al otro. Había eso entre ellos, la originalidad, el deseo de plenitud.
Cuando él  la penetraba sentía que la creaba, que ella plétora de él se hacía de nuevo, haciéndose mejor no solo para él, para el mundo; ella cuando él la penetraba lograba creer que ese vacío fijo de la calle se desaparecía, que se desaparecía todo menos ella y él, que ellos se hacían uno, como el lugar común de los enamorados, pero no, no era el lugar común, esto lo sentían de otra forma. Él y ella se tocaban los cuerpos como reconociendo que había algo que no hallaban con las manos, pero lo buscaban, nunca se lo habían dicho porque el placer y la curiosidad cuando se juntan, confunden el principio. Se lamían, se olían, reproducían todos los verbos con el cuerpo, siempre la cama desecha, las paredes con los sudores de ellos, la felicidad de mirarse y tenerse, era escenario de todos sus días.
Él la tiene de espalda, muy firme la cadera de ella en contra de él, la tiene sujeta a su cadencia, a su rapidez, a su fuerza; ella lo tiene a su adentro, ella lo tiene acercando a su adentro, a veces siente que su pene se quedará adentro, ella logra ver por dentro lo que pasa, ve sus paredes rojas, húmedas y en contracción, ve el roce que pende de la cadencia su compañero, de su muchacho, el amor.
Se tocaban, se decían palabras, palabras que yo no puedo articular, menos escribir, el lenguaje se queda corto para traslucir esas palabras o quizá sonidos, no lo sabemos, llegaron a tal punto que se entendieron, se entendieron, se tendieron y miraron, ella aceptó estar con una mujer, él le pidió tener dos manos más, dos manos femeninas que la tocasen. Ella pensó que podía ser aquello que sus manos buscaban, él pensó que ella sentiría más placer. Llegó Claudia. Sabían que no podían enseñarle a hablar como ellos, sabían que no podían explicar qué era lo que sentían sus palmas cuando se tocaban, solo actuaron como ellos actúan a solas. Claudia era más joven que ella, era novedad, tenía tatuajes y sabían que era sensible, se incorporó bien, primero se alojó en otra pieza, estuvo dos días durmiendo sin ellos, sin tocarlos aún, al tercero, los besó. Ellos también la besaron. Todos rieron.
Ella le toca el torso, mientras él busca entre las nalgas su cosquilla, su humedad. Claudia, se toca sola. Se detienen.
Deciden salir de casa. Van al bosque, se quedan sin luz, siguen en el bosque, pero siguen caminando, él se tropieza y ambas corren por él. Ella le sostiene los brazos, Claudia le soba la espalda. Ella quiere sostenerlo completo. Siguen caminando hasta un claro. Se quedan ahí y se siguen conociendo, apenas ellos comparten su lengua, Claudia se adapta a los silencios que son miradas y palabras a la vez. Se adapta. A ella le crea un gusto, una alegría, él sabe que es una alegría que Claudia comience a entenderlos, pero ambos sin comunicárselo saben que también pierden algo propio de ellos.
Se está quemando la vela, acaban de cenar y consumen hongos. La piel se estiró, todo tenía un tinte rojo y una cítara sonando. Desde la tarde habían estado tocándose, ya casi era familiar el roce. No hay egoísmo aparente. Compartir el pan como los besos, el vino como la saliva. Ella se acerca y pone sus pezones mirando a los de Claudia, fue la primera vez que se tocaron sin ropa. Él por respeto no quiere mirar, no debería mirar, -debe ser un escenario normal- se dice, se autoconvence, no se convence y mira. Ella sabe que él está mirando y los cuatro pezones se tocan, ella ve las diferencias, ve cómo la carne de gallina envuelve sus tetas. Él sigue mirando erecto y de pronto se va. Se quedan solas, se tocan los cuellos, se ríen, se comparten, él sí estaba, ellas no lo querían ver. Ella siente mucho la piel y sus vaginas mojadas, muslos cerquitas. Él se acerca y quisieron sumarlo a la biología, pero sus vaginas estaban muy cerca y no querían dejar de estarlo, él intentó acomodarse y quedó cómodo donde Claudia. Se perdió la lengua –pensó ella-, ya era otra. Penetra a Claudia y no siente su amor, mientras que ella apreció que él estaba adentro de Claudia, supo que se alejaba, pero seguía, ella besaba a Claudia como si fuera a él, insistiéndole que la besara a ella por medio de Claudia, todo lo que le hacía a Claudia era lo que añoraba que él le hiciera a ella.
Ella, en privado le pide a Claudia que se vaya, le hace entender lo que ha perdido, Claudia acepta.
Él entiende la ausencia de Claudia. Ellos se unen en busca de esa lengua. Se tratan de besar, se tratan de tocar, se tratan.
Él la penetra buscándola, pero ella ya no ve su vagina, sus paredes en contracción, su humedad que le daba la bienvenida al pene, ve la desaparición de todo. María desesperada con el verbo buscar en la boca, lo busca por todo el cuerpo de él, lo busca, lo lame, él se entrega, ella lo muerde buscándolo, lo huele con el cuerpo, le toma los brazos, su desesperación es como la que sentía antes, pero más feroz, sin cuidado, parte lamiendo sus testículos y allí encuentra lo deseado, los lame, se los muerde, se los arranca porque de ella debe ser ese placer, solo de ella. Con la boca roja de sangre se cubre con la sábana y se pierde. No llega jamás.